La dinastía de los
Austrias reina en España durante los siglos XVI y XVII. Esta dinastía llega a España tras la muerte de Fernando V el Católico, que
deja en herencia el trono de España a su nieto Carlos I, hijo de Felipe I el Hermoso y Juana I la Loca,
heredero de la casa de Habsburgo, de la corona imperial con el nombre de CarlosV. Es, además, heredero de las coronas de Castilla, Aragón y Borgoña, a las que se
añadirán los territorios de las Indias, recientemente descubiertas, Túnez y los Países Bajos,
parte de la base territorial del Imperio. Los Habsburgo consolidan la monarquía
absoluta.
A finales del siglo XVI la población de España
se elevaba, aproximadamente, a unos ocho millones de personas. La
población era eminentemente rural. Las tasas de natalidad eran muy altas, pero
las catástrofes naturales y humanas reducían de manera sorprendente el posible
crecimiento de la población. La mortalidad infantil era enorme, y las hambres,
pestes y guerras se sucedían con frecuencia, aunque con desigual intensidad.
Durante esta época de los
Austrias, fueron varios los años en que tuvo lugar una sobremortalidad, destacan
las epidemias de 1597-1601 y de 1647-1651.
En total se expulsaron de
España unas 300.000 personas, pertenecientes a minorías religiosas. En el orden
económico, las consecuencias serían importantes. Además del descenso
demográfico, difícil de remontar, se resintió toda la vida económica. Extensas
zonas quedaron descuidadas, si no abandonadas; hubo una importante pérdida de
censos (rentas agrarias) que los moriscos pagaban, con la consiguiente
disminución de ingresos de señores laicos y eclesiásticos.
La sociedad eraestamental, dividida entre privilegiados (nobleza y clero) y no privilegiados
(pueblo llano).
Los nobles disponían de
una serie de privilegios: derecho a elegir la mitad de los cargos de los
municipios, preferencia en actos públicos frente a los plebeyos, derechos
preferentes para ejercer la caza. En lo tocante a impuestos, estaban exentos de
pago, ya que los nobles e hidalgos aportaban en la organización de la vida del
Estado su dedicación a las armas para defenderlo, de la misma forma que el
clero contribuía al buen orden del reino con sus oraciones. En consecuencia
sólo pagaba el hombre plebeyo, general o llano, que se dedicaba a trabajar y
pagaba con tributos o pechos. En el orden penal, los privilegios continuaban al
disponer de cárceles distintas, no poder sufrir ciertos tipos de castigos y no
poder ser encarcelados excepto por deudas, salvo si eran al Fisco, etc.
El
mayorazgo como forma de propiedad privativa de la nobleza, consistía en
que una cantidad determinada de bienes se apartaba del orden normal de
sucesión, y dichos bienes quedaban vinculados a un orden sucesorio especial,
que recaían notablemente en la primogenitura, con lo cual se evitaba la
descomposición del patrimonio que servía de sostén a la familia propietaria del
mayorazgo.
La sociedad reconocía los mayorazgos una
manifestación de distinción y riqueza. Fruto de ello fue que surgieron
fuertes desigualdades entre el hijo que recibía el mayorazgo y los otros.
En el transcurso de esta
época existían en Castilla diversos tipos de señoríos. Fundamentalmente, los señoríos
solariegos, el señor se considera dueño de las tierras comprendidas en el
término. Los señoríos solariegos y jurisdiccionales, los señores no
tenían tan amplios derechos sobre las tierras como en los solariegos. Y los
señoríos jurisdiccionales, los señores no poseían la tierra, sino que el rey
les otorgaba el privilegio de gobierno y cobro de las rentas e impuestos que
los vecinos pagaban al monarca. Se da más en Aragón.
Menos numeroso que el
estamento noble, pero de extraordinaria importancia, fue el clero, institución
que gozó de una gran consideración social y su peso fue de singular relieve en
la vida política, en una España que se erigió en la defensora máxima de la
cristiandad. Fueron en gran medida los ideales religiosos los que llevaron a la
España de los Austrias a las ininterrumpidas guerras contra los herejes y los
infieles, ya fueran luteranos o calvinistas, en el centro o norte de Europa, o
turcos en el Mediterráneo. Guerras que absorbieron todos los recursos del país
y lo dejaron progresivamente agotado a comienzos del siglo XVII. Las
donaciones y cesiones que le hacían eran importantes, y junto a la ordenada
economía que la mayoría del clero llevaba al crecimiento de manera
ininterrumpida del patrimonio de la misma, aumentando la propiedad amortizada.
Y el clero, también tuvo una importante contribución a la Hacienda,
especialmente durante el reinado de Felipe II.
El resto del pueblo, no
tenía ninguna clase de privilegios.
La estructura del poder y
la distribución de la propiedad rústica guardaban un perfecto paralelismo. Los
grandes propietarios eran la Iglesia y la aristocracia, en primer lugar.
Como denominador común en ambos, no explotaban al máximo sus propiedades y,
sobre todo, en el caso de la Iglesia, cedían las tierras en arrendamientos a
largo plazo y a bajo coste y trataban al campesino, en general, con benignidad,
sobre todo en años de malas cosechas.
Además, también eran propietarios de importancia la
alta burguesía urbana y los campesinos enriquecidos, y ambos constituían los
denominados en los documentos de la época, poderosos.
En general, se practicaba un tipo de agricultura con el que se
pretendía obtener recursos suficientes para atender a una simple subsistencia;
en los años de malas cosechas, debido al aislacionismo de su geografía y a los
medios de transporte, tuvieron lugar terribles hambres.
En conjunto, la economía durante el reinado de Carlos I fue
próspera. El incremento de la población y la colonización americana
constituyeron excelentes incentivos para el incremento de la producción en la
agricultura y en las manufacturas. Pero, tanto el incremento de la demanda como
la llegada de grandes cantidades de oro y plata procedentes de América,
propiciaron una subida de los precios de los productos agrícolas e
industriales, que perjudicaba, lógicamente, la economía de los súbditos de la
Corona, que se quejaban insistentemente del precio que alcanzaban muchos
productos. La acción del gobierno se encaminó a atender sus peticiones.
En 1539 se estableció una tasa sobre el precio del
trigo, limitando así la subida de los precios. Pero esta medida desincentivó a
los productores; además, esta medida no impidió que los precios de otros
productos agrícolas no sometidos a regulación continuasen aumentando. Existen
constantes quejas respecto a la evolución de los precios de los tejidos. Las
Cortes reaccionaron prohibiendo la exportación de paños, excepto a América
(1548) y autorizando la importación de paños extranjeros (1552). Estas medidas
llevaron inmediatamente a la depresión de la industria textil, y poco después,
antes de 1560, fue necesario levantar la prohibición de exportar.
La evolución de la economía bajo el reinado de Felipe II
(1557-1598) se halla fuertemente condicionada por la personalidad del monarca y
su política de apoyo a ultranza de la causa de la Iglesia católica.
La preocupación por los problemas de la Hacienda fue constante a
lo largo del reinado. La agobiante carencia de recursos obligó al rey a
presionar excesivamente sobre todo tipo de actividad económica, desde la
agrícola hasta la industrial, lo que acabaría produciendo su decaimiento, ante
el peso de los excesivos controles e impuestos.
La presión de los banqueros obligó al monarca a
suspender la prohibición de exportar metales preciosos en 1556.
Algunos aspectos de la política comercial fueron igualmente
negativos, como la protección de las exportaciones de lana de excelente
calidad, que retornaba al país en forma de costosas importaciones de paños.
También tuvo efectos muy negativos la política monetaria basada en la defensa
de la moneda de buena calidad.
El peso de la Hacienda y una política económica condicionada por
las necesidades del Estado colocaron a amplísimas capas de la población
española en una condición de pobreza. El panorama que presentaba la economía
española a fines del siglo XVI era desolador.
Poco después comenzaría la gran epidemia de
1597-1601, que supuso una pérdida de 500.000 personas.
El exceso de impuestos, la carencia de planes
concretos, la situación económica de desastre, propiciaban que surgieran los
arbitristas para hallar prontas, eficaces y simples medidas de salvación en una
situación compleja y difícil.
El Estado se había impuesto un esfuerzo demasiado
extraordinario y quedó asfixiado por decenios. La política llevada a cabo
acarreó la ruina económica y civil de España y la división de su Imperio.
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